Speciei

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Además de lo fascinante que me resulta su comportamiento como material pictórico, me interesa la gran carga simbólica de la sangre, las diferentes y opuestas reflexiones y actitudes que se generan en torno a ella cuando ha abandonado el cuerpo que la contenía. Es así como su oscilación entre los conceptos de vida y muerte me ha llevado a convertirla en el catalizador de mis inquietudes vitales, y en la materia prima de mi trabajo, ya que la vierto en soportes como madera y lienzo, para crear una serie de obras que aludirán a diversas nociones cuyo factor común es aquello que nos hace o nos ha definido como seres humanos.

22.12.11

El Hijo del Cellista

La primera de las muchas noches que abarcan este relato, estaba una mujer sentada frente a su ventana, mirando fuera cómo la lluvia hacía que todas las personas en la calle buscaran refugio en el primer negocio que encontraran abierto a esa hora. Faltaban diez minutos para las doce.
La cafetería al frente del edificio donde ella vivía, y que veía desde su apartamento en el quinto piso, estaba atiborrada. Las órdenes de café y pan caliente venían de cada rincón. Afuera, sólo tres mesas permanecían secas gracias al pequeño techo que sobresalía del local, y en ellas, permanecían los clientes habituales, los bohemios. O al menos eso pretendían ser. Eran de aquellos que dan un sorbo a su taza de café, una pausada y profunda bocanada de humo a sus cigarrillos, y veían las gotas caer con la mirada perdida; ese tipo de mirada que intenta ver más allá en espera de una chispa de inspiración. Inspiración que nunca llega.
Ella no los miraba, los juzgaba con sus ojos negros, se burlaba para sus adentros, "gente ridícula" -pensaba- "a la creatividad no se la puede forzar a entrar. Sólo se puede dejar la puerta abierta y esperar..."
Ya estaba libre de sus ataduras formales. Tenía puesta sólo una camisa de hombre varias tallas más grande y debajo su ropa interior. Había recogido su cabello rojo cobrizo en una cola de caballo y ya no había maquillaje que escondiera su belleza natural ni su blancura casi sobrenatural. Estaba inmersa en sus observaciones mientras se tomaba un vaso de leche tibia.
Faltaban tres minutos para las doce y Ella estaba por terminar su bebida cuando vio una enorme silueta, tan negra como la misma noche, acercarse a las mesas exteriores. Parecía un vago, llevaba un gran bulto en la espalda y estaba cubierto por un sencillo abrigo negro que le llegaba hasta los tobillos. Su cabello era del mismo color, descendía hasta sus hombros, estaba empapado como el resto de él y más que cubrir su cuello parecía querer estrangularlo. El hombre se quitó de encima el peso que cargaba y lo puso a sus pies bajo techo, queriendo evitar que éste se mojara más. Ella miraba expectante, con la mente en el teléfono, sólo por si acaso. 
Lo que aquel sombrío sujeto descargó, como lo vieron los presentes, algunos simplemente precavidos, otros empezando a aterrarse, era un estuche. Entonces, el vagabundo lo abrió lentamente y descubrió un reluciente cello. Era negro también y tenía varias rosas rojas pintadas en el cuerpo, ubicadas de manera ascendente en una enredadera que formaba una "S" alargada por toda la parte frontal del instrumento.
Del mismo estuche, el hombre sacó el arco y, sin siquiera mirar a las seis o siete personas que le miraban inquisitivas, cerró los ojos y comenzó a tocar.
La melodía era melancólica, plagada de tintes oscuros, por momentos era plana y ligera, en otros compleja e incluso difícil de seguir. Ella, a pesar de la lluvia, a pesar de que estaba en un quinto piso, y a pesar de encontrarse al otro lado de la calle, escuchó la pieza con absoluta claridad. Sus extremidades no respondían, estaba como hipnotizada por aquella tonada, se sentía como una roca pero estaba maravillada. Aunque también se empezó a sentir asediada: Se le dificultaba la respiración a intervalos irregulares, sentía como si una gran fuerza la halara y la empujara, suspiraba. Gemía.
Cuando la interpretación finalizó, el supuesto público aplaudió tan fuerte que varias personas de adentro salieron a satisfacer su curiosidad. El vagabundo, poniéndose de pie, respondió a los aplausos con una inclinación y luego, pasando el arco a la mano con la que sostenía el cello, giró medio cuerpo y miró la ventana desde donde Ella aún lo veía fijamente, inmóvil e inexpresiva. Entonces, él inclinó su cabeza para atrás dejando que el agua le apartara poco a poco los cabellos, descubriendo su rostro: era tan blanco como un cadáver. Sus ojos eran negros y sobre ellos un par de oscuras y pobladas cejas. Posó aquellos ojos de nuevo en la ventana y con su ceño fruncido y una extraña sonrisa que descaradamente no intentaba disimular, acercó su mano libre a sus labios y le lanzó un beso a Ella que reaccionó al instante alejándose del cristal. Saltó a la cama y se envolvió en las sábanas. Eran las doce y diez.
Luego de esa noche, Ella pasó todo el mes de noviembre teniendo pesadillas. El músico se aparecía a veces en sus sueños, le susurraba cosas al oído que ella nunca lograba entender ni recordar. Siempre salía de las sombras, la abrazaba por la cintura y Ella temblaba.
Llegó el mes de diciembre y parecía que las pesadillas eran menos recurrentes. Una que otra noche al cerrar los ojos escuchaba de nuevo la melodía, sacudía la cabeza e intentaba dormirse pero no era hasta que la tonada sonara completa que Ella podía descansar.
Para cuando llegó enero, ya había olvidado la mayoría de los sucesos de esa primera noche y la canción se desvanecía también poco a poco de sus recuerdos. Pensó que todo estaría bien. Pero la última noche de enero, una noche de Luna llena y llovizna, un cello sonó cinco pisos más abajo.
Ella, sola como siempre, tenía como única fuente de luz la lámpara de su cuarto. Cuando empezó a escuchar las graves notas del comienzo de la canción se bañó en un sudor frío, sintió que sus piernas no respondían. Intentó callar la música encendiendo el televisor y subiéndole el volumen pero la música resonaba en su mente, hacía eco en su alma. Subió el volumen hasta el máximo pero seguía sin dar resultado. Se cubrió los oídos y gritó... la música estaba más cerca. En ese instante recordó la pieza completa, volvió a la noche en que el músico interpretaba frente al café. -"¡Esa maldita música!"- gritó. De repente, cuando la canción iba en la mitad, se interrumpió de pronto. Ella tardó un minuto entero en reaccionar pues creía que el hombre del abrigo estaría justo detrás de ella. Pero no, estaba tan sola como al principio. Tan pronto se descubrió los oídos y abrió los ojos poco a poco, miró al rededor y luego corrió a la ventana. Allá estaba, el abrigo negro, el estuche con el cello adentro, estaba sentado en una de las mesas con una taza de café humeando cerca de su boca, con los cabellos cubriéndole casi toda la cara a excepción de un ojo con el cuál miraba hacia donde estaba Ella. No tardó ni un segundo. Aquella visión confirmó su peor miedo y de un solo tirón cerró la cortina y tomó el teléfono para llamar a la policía. Cuando tenía el aparato entre el hombro y el oído, se asomó cautelosamente por la cortina cerrada. Él se había ido.
De repente un relámpago rompió la calma de la llovizna y a Ella una corriente helada le recorrió los hombros hasta la nuca, se sintió desvanecer por un instante. Casi de inmediato volvió en sí y se acostó, se echó las sábanas encima y se durmió hablando consigo misma mientras las sombras de su habitación se re-acomodaban.
Pasaron tres meses más en que Ella sólo tuvo noches de largos descansos, no soñaba o si lo hacía era como si viera el interior de sus párpados. 
El tiempo venía en cuenta regresiva desde hacía seis meses y Ella se había debilitado. La última semana la pasó en cama sintiendo terribles dolores abdominales. Gritaba, lloraba, estaba desesperada. No pudiendo soportar más esa noche, llamó al hospital más cercano y entre retortijones y llanto esperó a que llegara una ambulancia.
Varios minutos después escuchó la sirena a lo lejos y el sonido venía incrementándose hasta que escuchó que un vehículo se detenía muy cerca, tal vez en su edificio. Nadie llamó a la puerta pasados veinte minutos. Estaba desesperada, continuaba gritando. De pronto una voz profunda, de una resonancia casi metálica le dijo "ya viene". Volteó: no vio a nadie. En ese momento entraron corriendo dos enfermeras y un médico, y al verla en cama se quedaron estupefactos. No podía hablar. No entendía nada de lo que decían salvo las palabras "no hay tiempo" y "tendremos que hacerlo aquí". 
Entonces ella abrió los ojos.
Su vientre estaba hinchado, su piel brillaba por el sudor, su cabello rojizo desordenado, parecía llamas sobre la almohada. Intentó moverse sin resultado, estaba atada de brazos y piernas en la cama. Una de las enfermeras acariciaba su cabeza. No veía al doctor ni a la otra enfermera. Iba a empezar a hacer preguntas cuando comenzó a sentir el dolor más fuerte que jamás hubiera experimentado. Le dolía el abdomen a niveles extremos. Quiso gritar pero no pudo, no tenía voz. Entonces escuchó la voz del que parecía ser el doctor -"¡puje!"-escuchó. Se resistió. -"¡Ya es hora, puje!"-. Negó con la cabeza. Intentó resistir pero el dolor era tal que ya no podía ver. Estaba a punto de desmayarse cuando un sonido le heló la sangre. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Eran esas notas, las mismas notas de esa primera vez... El cellista estaba en su apartamento, en la habitación contigua, tocando.
La tenue luz de la lámpara inundó el apartamento. Seguía muda, su cara estaba roja, oía al doctor de nuevo impulsándola a pujar. Lo hizo. La canción del cellista continuaba...
Cuando llegó a las últimas notas, un llanto se empezó a oír. Finalizada la canción, el parto de había terminado. El músico se acercó despacio y Ella vio cómo la otra enfermera le entregaba la criatura. Tan pronto lo tuvo en sus brazos, el bebé dejó de llorar y giró la cabeza. Ella estaba ahí, atada en su cama, el bebé la miraba fijamente con unos ojos tan negros como abismos. El cellista la miraba también. Éste apartó la mirada mientras el bebé sostenía la suya sobre Ella con intensidad. Estaba débil, las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos, recorrieron sus mejillas. Su visión se desvanecía mientras intentaba apartarla de la pequeña bestia. Las fuerzas la fueron abandonando mientras el vagabundo con el niño en brazos, se dirigía a las sombras de un rincón. Los fantasmas de las enfermeras y el doctor también desaparecieron tras él. Entonces Ella, dirigiendo su cabeza hacia la ventana con los ojos fijos en la nada, olvidó por completo aquella diabólica melodía y expiró.