Speciei

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Además de lo fascinante que me resulta su comportamiento como material pictórico, me interesa la gran carga simbólica de la sangre, las diferentes y opuestas reflexiones y actitudes que se generan en torno a ella cuando ha abandonado el cuerpo que la contenía. Es así como su oscilación entre los conceptos de vida y muerte me ha llevado a convertirla en el catalizador de mis inquietudes vitales, y en la materia prima de mi trabajo, ya que la vierto en soportes como madera y lienzo, para crear una serie de obras que aludirán a diversas nociones cuyo factor común es aquello que nos hace o nos ha definido como seres humanos.

8.9.13

Fuego Fatuo


El paisaje nocturno enmarcado por mi ventana. La luz de la vela dibuja serpientes en las paredes de mi habitación y la hoja en blanco frente a mí la siento observarme, punzante, me intimida como los ojos de una fiera... amenaza con devorarme.
El viento mece las copas de los árboles allí afuera, y ellos parece que danzaran, primero un vals; después, un can-can y ahora, luce como si simplemente arremetiesen a golpes los unos contra los otros: se avecina una tormenta.

Y aquí dentro este maldito silencio... 
No, mejor me concentro en el crujir de la madera, que con el frío se contrae, o en las primeras gotas de lluvia que, suicidas, revientan contra el cristal. Todo con tal de no enfrentarme al escandaloso silencio de mis pensamientos.  
¿Qué ha sido eso? ¿El qué?, si no he oído nada. ¡Sí, lo escuché! Prefiero ignorarlo. Un sonido que no proviene de ningún lugar y de todos a la vez, estará en mi cabeza, lo estaré imaginando. No, ¡y allí está otra vez! Pero, ¿¡qué carajo me pasa!?

Las gotas atacan el tejado con violencia, son como balas, con tanto ruido ya no podré escuchar ese sonido. ¿Qué habrá sido? Era como un susurro ¡No! No lo recuerdes, árboles, lluvia, golpeteo constante en el tejado. Respiro, respiro despacio. Inspiro profundamente. Parece que ya amaina. El frenesí de los árboles vuelve a ser un vals. Ahora se quedan inmóviles. Veo un destello a lo lejos, es una luz bastante débil, como una llama a punto de extinguirse. ¿Azul? Azul.
-Ven- ¡Mierda! ¡Otra vez esa voz!
-Ven- ¡No! Esto ha sido ese asqueroso whisky barato, me habré intoxicado y estoy alucinando. Silencio.

...La extraña llama bailotea, se burla de mí, ¡que se pudra! No pienso salir. Un fortísimo chasquido, un golpe seco; salgo de mi habitación, corro a las escaleras pero me detengo frente a ellas, la casa está en penumbras salvo por un hilillo de luz que proviene de la puerta principal. ¡Maldita sea, alguien la ha forzado!

Está húmedo, y helado; y mis pies descalzos se hunden con cada pisada: ¿Cómo me encuentro ahora corriendo por el pasto? Es cierto: no quería quedarme en la cabaña, está oscura y sus muros se cerraban sobre mí como las fauces de un lobo. ¿Quién ha entrado? ¿Quién me ha estado llamando? ¿¡Quién!?

No quiero seguir aquel fuego, pero no tengo más a dónde ir. Si quiero respuestas...
-Ven- Ya voy, pero cállate. ¿Ahora qué? ¡La puta luz se va!, intento acercarme pero se aleja. El frío agarrota mis extremidades, el sudor que empapa mi frente, gélido, se siente como miles de agujas. La llama zigzaguea entre los pinos, ¿se compadece de mí? Ya no corro, estoy agotado. Esa... cosa mantiene la misma distancia. No le puedo alcanzar, siento como si perdiera un trozo de mi cuerpo ya congelado, con cada movimiento que hago.

Se ha detenido, se ha detenido y ahora sólo está levitando ahí, frente a mí. Estoy de rodillas, ya no puedo mover ni un músculo. Estoy jadeando y produzco nubecillas frente a mi rostro que le acarician, son frías y... 
Y estas manos... ¿de quién son las manos que ahora me sujetan por las mejillas? Alzo la vista, y es... ¡Maldita sea, tú no! -No puedo contener las lágrimas, respiro violentamente, mi corazón se ha detenido-. ¡No puedes ser tú! 
De pronto estoy corriendo otra vez, no sé cómo. Paso lastimando mis brazos con ramas y troncos. Esquivo el último antes de tropezar y caer de bruces contra el prado. Mi boca sabe a tierra y sangre pero me incorporo, continúo mi camino sin perder de vista la casa, sin volver atrás la cabeza. Estrujo la puerta principal, subo las escaleras de dos en dos. Apenas ajusto la puerta de mi habitación.

Sin detenerme a descansar, garabateo algo y busco un objeto por todas partes. Lo veo: sin titubear, lo tomo por el mango y trazo un surco rojo a lo largo de mi antebrazo. Sólo pasan unos segundos antes de que mi vista empiece a nublarse. Mi cuerpo deja de responder, se tambalea un poco... ahora, se desploma sobre el escritorio y se desliza hasta caer al suelo. Se da un golpe en la cabeza, no lo siente; una pierna golpea el pequeño escaparate y cae de él el portaretrato con la fotografía de una persona, recientemente fallecida, el vidrio se ha hecho añicos.

Una brisa se cuela por la hendija de la puerta. La hoja que antes estaba en blanco tiembla un poco por la caricia del viento. Escritas lleva sólo unas pocas palabras: Sí, cariño, ya voy.