Caminando sin rumbo, estrujado por una mano invisible, veo al ave que me acompaña a unos cuantos metros de distancia. Su vuelo, como el de tantas otras parece no fluir con el tiempo sino controlarlo, avanza lentamente, sin preocuparse por los segundos, que son como horas para mí.
El ahogado silencio es Amo y Señor en la pradera donde me encuentro mirándole garabatear trazos invisibles antes de que se pose en el árbol reseco que dejara yo unos cuantos pasos atrás. Su plumaje negro brilla como la gasolina regada por el suelo expuesta al Sol. Oigo un sordo estallido, tarde llega el eco y, cuando lo hace, es como unos labios susurrándome al oído algo que no logro entender.
Horas como segundos.
Lentamente se empieza a filtrar la luz por mis párpados. En el aire veo dibujar amplios círculos al animal, haciendo las veces de segundero, lo que refuerza mi teoría de que puede controlar el tiempo a su antojo.
Entrecierro los ojos para evitar que la luz siga torturándolos. Es pleno mediodía, es obvio desde mi posición. Acostado en el prado miro directamente al Sol, no siento tener fuerzas suficientes para levantarme, ni siquiera moverme. No puedo y aún en el caso contrario, no querría. Me distraigo de estas cavilaciones desviando la vista hacia el pájaro.
Turna la vista girando la cabeza de un lado a otro, se inclina hacia
adelante como intentando distinguir algo. La parsimonia de sus movimientos
tiene su efecto en mí.
Me calma.
…..
Me intranquiliza, me está poniendo nervioso… quiero gritarle que se vaya pero el cuerpo me lo impide, jamás lo había sentido así. Pesado, demasiado pesado, es como si tirara de mí y quisiera llevarme a algún lugar subterráneo más allá del suelo.
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Me intranquiliza, me está poniendo nervioso… quiero gritarle que se vaya pero el cuerpo me lo impide, jamás lo había sentido así. Pesado, demasiado pesado, es como si tirara de mí y quisiera llevarme a algún lugar subterráneo más allá del suelo.
Así debe sentirse la roca que está a mi lado. La que ahora se está
riendo. Se ahoga, tose y escupe, y se vuelve a reír esta vez con más
dificultad.
Logro girar la cabeza, la roca carraspea de nuevo en lo que se arruga en una mueca. Está sufriendo. Cuando consigo enfocar su rostro, tose una tercera vez y me salpica la cara… Sonríe y me pide perdón, a duras penas asiento intentando que mis ojos no me delaten, algo me ha dicho que no fue sincero. Mi gesto le basta. Poco importa todo ahora. Entonces, levanta la vista y abre sus ojos por completo, como desafiando al sol mientras su sonrisa se desdibuja lentamente.
De pronto oigo un aleteo –sigue aquí- pasa raudo y más cerca que antes, lo veo dar un giro cerrado y descender en espiral.
Logro girar la cabeza, la roca carraspea de nuevo en lo que se arruga en una mueca. Está sufriendo. Cuando consigo enfocar su rostro, tose una tercera vez y me salpica la cara… Sonríe y me pide perdón, a duras penas asiento intentando que mis ojos no me delaten, algo me ha dicho que no fue sincero. Mi gesto le basta. Poco importa todo ahora. Entonces, levanta la vista y abre sus ojos por completo, como desafiando al sol mientras su sonrisa se desdibuja lentamente.
De pronto oigo un aleteo –sigue aquí- pasa raudo y más cerca que antes, lo veo dar un giro cerrado y descender en espiral.
Se posa en el pecho del hombre-roca y, aterrado, veo cómo le pica un
ojo; tres acometidas más y ya lo ha sacado, lo sacude, se salpica de sangre y,
sin importarle, traga y continúa con su almuerzo.
La maldita bestia es repugnante: su plumaje más parece una densa y nauseabunda laguna de brea de la que sólo asomaría su horripilante cabeza desplumada. Se atraganta con el enorme bocado que acaba de dar, su mirada se desvía y regurgita lo que recién había arrancado del rostro del sujeto. Dejo de mirarlo y cierro los ojos con fuerza mientras vuelve y toma lo que ha expulsado con ese garfio que tiene por pico.
…..
La maldita bestia es repugnante: su plumaje más parece una densa y nauseabunda laguna de brea de la que sólo asomaría su horripilante cabeza desplumada. Se atraganta con el enorme bocado que acaba de dar, su mirada se desvía y regurgita lo que recién había arrancado del rostro del sujeto. Dejo de mirarlo y cierro los ojos con fuerza mientras vuelve y toma lo que ha expulsado con ese garfio que tiene por pico.
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Me cuesta respirar, mi pecho se contrae y no me deja tomar aire. Reúno valor para abrir los ojos otra vez, y lo hago justo para encontrarme con un bulto oscuro posado encima de mí. Sin nada más que pueda hacer expiro deseando que sea el último hálito de vida, lo que sea que me permita conservar un poco de dignidad.
Pero inspiro.
Antes de perderme, por fin, en el abismo de la inexistencia, escucho unos pasos acercarse rápidamente, el peso en mi pecho se aligera con un violento movimiento, y una dulce voz, cortada por el llanto, grita mi nombre y, enseguida, ahora cargada de ira, grita el que imagino es el del hombre que yace a mi lado. Dice lamentar haber llegado tarde, y culpa por todo al “psicópata” junto a mí.
Finalmente, la ternura y calidez de unos labios se posan sobre los míos, conforme yo me desvanezco en el vacío.
