Speciei

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Además de lo fascinante que me resulta su comportamiento como material pictórico, me interesa la gran carga simbólica de la sangre, las diferentes y opuestas reflexiones y actitudes que se generan en torno a ella cuando ha abandonado el cuerpo que la contenía. Es así como su oscilación entre los conceptos de vida y muerte me ha llevado a convertirla en el catalizador de mis inquietudes vitales, y en la materia prima de mi trabajo, ya que la vierto en soportes como madera y lienzo, para crear una serie de obras que aludirán a diversas nociones cuyo factor común es aquello que nos hace o nos ha definido como seres humanos.

2.3.12

El Hombre de Arena no puede dormir


A simple vista, el trabajo del Hombre de Arena parecía muy sencillo: depositar un granito de arena sobre cada párpado humano para que sus dueños tuvieran dulces sueños.

Todos soñaban; niños, niñas, jóvenes y adultos, y ancianos también. Incluso la luna, desde que le asignó la tarea de repartir los dulces sueños al Hombre de Arena, dormía tranquila en su cama de estrellas y nunca despertaba.

Todos dormían, todos soñaban felizmente. Todos, excepto el Hombre de Arena. Él sufría de insomnio. Y no dormía para que los demás pudieran hacerlo. Y su tarea le estaba hartando.

"¡Tengo Sueño!" Gritaba. Y con la salida del sol no mejoraba nada; al otro lado del mundo habían otros humanos listos para dormir y, por lo tanto, soñar. Su labor, en fin, no terminaba nunca.

El Hombre de Arena se volvió huraño, pesado, malhumorado; tenía ya dos enormes bolsas de arena bajo sus ojos.

Una noche, ejerciendo su ininterrumpido trabajo, miró al pequeño humano que dormía frente a él. Un sonrosado regordete cuyos cachetes y panza inflados delataban un apetito insaciable por las chucherías. Al Hombre de Arena se le ocurrió de repente hacer un pequeño experimento: tomó un par de granos de arena de las bolsas que colgaban de sus ojos; eran granos oscuros, no resplandecían como los granos de su bolsa de trabajo que eran dorados.

Miró aquellos granitos oscuros y sonrió. Los colocó en los párpados del pequeño barrigón y esperó. De pronto, el niño empezó a girar su cabeza de un lado a otro, en su rostro se le veía intranquilo; luego esa intranquilidad se torció en miedo y, finalmente, el gordo gritó.

En ese instante una mujer irrumpió en el cuarto del niño y lo encontró sentado en su cama, con la cara empapada de sudor y con la mirada perdida en la oscuridad, los ojos totalmente abiertos y llenos de terror.

Entre las sombras de la habitación, el Hombre de Arena escuchó como el niño le contaba entre sollozos a su madre el sueño que acababa de tener: los enormes dulces persiguiéndolo; la gigantesca ola de leche y cereales que por poco lo ahoga y, al final, la hamburguesa que lo devoró, masticó y que luego escupió de él sólo los huesos.

La madre consolaba a su hijo que ahora lloraba y decía no querer volver a dormir jamás. El Hombre de Arena se reía para sus adentros mientras un plan un plan terminaba de tomar forma en su cabeza.

"Serás el hacedor de pesadillas", le dijo a la figura que terminaba de esculpir: 
Muy parecido a él pero un poco más bajo (le llegaba hasta los hombros), y con un único ojo en el centro de la cara, el Hombre de Arena creó al Coco. Así decidió llamarlo. Una mezcla de la arena negra que tomó de los sacos bajo sus ojos, gusanos, raíces, y los colmillos que le sacó a un gato, muerto hacía unas horas en una carretera cercana, dieron forma a la criatura que por fin dejaría que el Hombre de Arena descansara.

Un mes ha pasado y mientras los humanos duermen, el Hombre de Arena y el Coco se los turnan para traerles felices sueños o terribles pesadillas.

Ahora, el Hombre de Arena puede tomarse un tiempo precioso para dormir y, aunque no puede soñar, a veces recuerda haber tenido una u otra pesadilla.