Speciei
- J.Eduardo Galeano
- Además de lo fascinante que me resulta su comportamiento como material pictórico, me interesa la gran carga simbólica de la sangre, las diferentes y opuestas reflexiones y actitudes que se generan en torno a ella cuando ha abandonado el cuerpo que la contenía. Es así como su oscilación entre los conceptos de vida y muerte me ha llevado a convertirla en el catalizador de mis inquietudes vitales, y en la materia prima de mi trabajo, ya que la vierto en soportes como madera y lienzo, para crear una serie de obras que aludirán a diversas nociones cuyo factor común es aquello que nos hace o nos ha definido como seres humanos.
1.2.13
Ironías
[Columna para la sección de opinión de un periódico cubano]
Hace un tiempo leí que la masturbación mantenía "frescos" los espermatozoides. O sea, este jugo que se exprime de un ser humano da mejores resultados en el atentado por dejar embarazada a la mujer cuando el hombre ha practicado de manera constante y reciente aquello que llamamos la guerra injusta (porque son cinco contra uno...).
Irónico, pensar que para generar mayores posibilidades en la creación de una vida, miles de millones se perdieron en meros simulacros... ¡qué genocidio! ¡Deberían encerrarnos a todos por homicidio premeditado!, o al menos ese sería el raciocinio del gobierno y de una gran porción del pueblo colombianos; la parte costumbrista. O acostumbrada, como prefiero llamarle.
Así funciona la lógica de esta gente que, entre otras cosas, me recuerda a Facundo Cabral de cuyo abuelo comparto el miedo hacia los pendejos. Como decía él: "le tengo miedo a los pendejos porque son muchos. No hay forma de cubrir semejante frente. Y son peligrosos porque al ser mayoría eligen hasta al presidente". Según la lógica criolla, en la que todo y más es pecado, el aborto es asesinato. Hay aspectos en los que el gobierno colombiano me recuerda ciertos fragmentos de la mitología cristiana, a saber: se creen dios y encima, que su jurisdicción llega hasta lo más profundo del cuerpo de las mujeres colombianas, o sino, vean al mismo dios que, según nos cuentan, se le metió a María por las faldas. A una virgen. ¡A una niña!, porque este era tan pervercito como Zéus en sus tiempos. María tenía quince años cuando aquél gasparín adulto le hizo la afamada visita. ¡Vírgen santísima!. Y pensar que esas tendencias a la pedofilia se han ido desvaneciendo con el paso del tiempo y las diferencias entre culturas... ¡qué ironía! Pero que alivio.