El desierto se extiende bajo mis pies. Su vastedad emula la sombra dorada de un titán invisible que siento detrás de mí, y su manaza posada en mi espalda… una constante presión, tal cual se siente la herida producida por una daga mellada que permanece clavada.
Vago… divago, y en medio de mis tribulaciones te veo: unas veces tan clara como la mañana, otras te pierdo de vista entre segundo y segundo, como la luz que lucha por filtrarse entre las hojas de las palmeras que son mecidas por el viento.
Te veo allí, con apenas el asomo de una sonrisa, tan lejos estás pero tan cerca a mi corazón. Te sigo, pues eres el ánfora de donde bebe mi fútil esperanza: soy como el perro que tras mucho andar, sacia su sed en la primera fuente de agua que ve.
Te sigo, no sin flaquear, pero conservando la ilusión de aplacar el estío con las primeras gotas de ambrosía que, furtivas, se deslicen por entre tus dedos.
¡Ah!, que tu mirada aún me guíe cuando los sinuosos movimientos del horizonte, sintiéndome indefenso, intenten embelesarme y perder mi camino, y, desesperado, atraviese mi mente el deseo de someterme a sus falsas promesas de un oasis. Pues serás tú quien le de auténtico reposo a mis raídos huesos, luz nueva a mis desvencijados ojos y cuna a mi alma huérfana. Sea en la mezquita de tus labios donde halle mi única verdad.
