Speciei
- J.Eduardo Galeano
- Además de lo fascinante que me resulta su comportamiento como material pictórico, me interesa la gran carga simbólica de la sangre, las diferentes y opuestas reflexiones y actitudes que se generan en torno a ella cuando ha abandonado el cuerpo que la contenía. Es así como su oscilación entre los conceptos de vida y muerte me ha llevado a convertirla en el catalizador de mis inquietudes vitales, y en la materia prima de mi trabajo, ya que la vierto en soportes como madera y lienzo, para crear una serie de obras que aludirán a diversas nociones cuyo factor común es aquello que nos hace o nos ha definido como seres humanos.
15.11.14
LA RELOJERA
Fue la primera vez que vi a una mujer relojera, cosa que por supuesto, no desmeritaba en nada su oficio. Por el contrario, estaba presenciando cómo se fabricaba el reloj más bello que jamás hayan visto mis ojos. No era por una sobredosis de piedras preciosas incrustadas, ni por el propio material que, era obvio, no se trataba de oro:
Tallaba un trozo imperfectamente redondo de madera, sosteniendo firmemente la herramienta con huesudos dedos, haciendo gráciles formas naturales, arabescos y figuritas infantiles...
Con aquello terminaría los últimos detalles. Estaba casi listo.
El mecanismo y las manecillas estaban a su lado sobre un pañuelo cuidadosamente doblado, esperando, sobre el suelo frío pues acababa de llover; el cuerpo del reloj lo dejaba descansar de vez en cuando sobre una manta envuelta que acogía ella a su vez sobre sus piernas cruzadas.
Cansado de estar de pie por tanto tiempo, me puse de cuclillas, a observar detenidamente su trabajo. Por primera vez desde que me detuviera a verla, alzó la vista, y aunque parecía verme, y por su expresión reprocharme mi presencia allí, me di cuenta que su mente estaba en otra parte... O en ninguna. Dejó descansar los ojos en la nada por unos segundos y retomó su labor.
Cuando terminó de tallar la madera le llenó a ésta la panza con el viejo mecanismo que tomó del pañuelo; del otro lado las manecillas. Los números, tallados también, gozaban de hermosos decorados, finamente detallados. De un bolsillo de su abrigo sacó una pila y la colocó en su espacio correspondiente; le dio media vuelta al reloj y se quedó mirándolo fijamente largo rato. Finalmente me miró, aunque conservaba la misma expresión desolada, yo esbocé una tímida sonrisa y sólo acerté a decirle -qué bonito-. La mujer volvió a mirar el aparato, los ojos se le inyectaron de sangre en un segundo, con un sollozo lo levantó por encima de su cabeza y con toda la fuerza de sus brazos lo arrojó contra el suelo, estallando así madera y máquina en trozos y pedacitos.
-¿¡Por qué!?- le pregunté aterrado, mirándola fijamente con los ojos como platos. Más tarde me di cuenta que me había puesto de pie sobre un charco.
Recuperando esa especie de calma que tenía previa al exabrupto, me respondió:
-Porque ya no sirve... No me sirve para nada...
Y, abrazando contra su pecho el bultito que tenía sobre sus piernas, concluyó: -era mi reloj biológico-.
Saliendo del hospital, noté que aún llevaba en mi bolsillo la gubia manchada con la que la mujer, desesperadamente, había intentado quitarse el trozo de vida que no se había ido con su pequeño mortinato.
7.11.14
LEGADO
El Viejo escrutaba el vacío con sus clarísimos ojos verdes, parcialmente ocultos bajo dos pesados párpados, decorados encima por un par de tupidas cejas. No había frontera visible entre éstas y el nacimiento de su cabello, el cual caía como una cascada de polvo, enmarcando su rostro.
Entre tanto cabello y vello facial, pues su
barba era otra larga catarata gris, se veía una curtida piel, con tantas
irregularidades como el suelo donde estábamos sentados. Seguidamente me miró a
mí por el rabillo del ojo, entreabrió los labios y suspiró. Más pareció un
bufido.
……
……
Cuando había empezado a contarme su historia parecía menos viejo: sólo era un hombre de edad avanzada, aunque por la vivacidad de su mirada podría habérsele calculado no más de medio siglo en este mundo.
Me había llamado desde el otro lado del camino y, como yo iba sin rumbo fijo, no tuve problema en acercarme y escucharle hablar de su vida…
Me pidió mantenerla en secreto y, fiel a
esa promesa, por extraño que parezca el hecho de que yo sea un sujeto de
palabra, me limito a contar lo que experimenté sentado allí, escuchando hablar
al Anciano.
Cuando hubo terminado, el Anciano era una sombra de lo que era cuando me senté a su lado. Pensé que iba a colapsar allí mismo. Se limitó a sacar de su abrigo un libro que, cuando quiso entregármelo y al reconocerlo yo, con la misma prontitud con la que lo reconocí, y sumada al rechazo que me produjo semejante tomo, me levanté de un salto. No sabía de dónde provenía tal sensación… sentía como si manara de allí un alto grado de toxicidad. Estuve pronto a irme cuando el Anciano me tomó con fuerza del brazo; parecía su último esfuerzo así que respeté su voluntad, por supuesto, no con menos recelo.
Retomé mi asiento y él empezó a
tranquilizarme. Lentamente separó las páginas del dichoso libro, y entonces lo
comprendí todo…
……
……
Cuando terminó con su historia, el Viejo había sacado el mismísimo libro que hace tantos cientos de años le fue otorgado a él… Poniéndolo en mis manos, vi cómo se iba quedando sin vida.
Al abrir aquél ejemplar de la biblia, éste se encontraba totalmente en blanco. Sólo en ese momento entendí todo.
Comprendí que había heredado el legado de aquél
pobre, marchito, maldito y viejo diablo.
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