El Viejo escrutaba el vacío con sus clarísimos ojos verdes, parcialmente ocultos bajo dos pesados párpados, decorados encima por un par de tupidas cejas. No había frontera visible entre éstas y el nacimiento de su cabello, el cual caía como una cascada de polvo, enmarcando su rostro.
Entre tanto cabello y vello facial, pues su
barba era otra larga catarata gris, se veía una curtida piel, con tantas
irregularidades como el suelo donde estábamos sentados. Seguidamente me miró a
mí por el rabillo del ojo, entreabrió los labios y suspiró. Más pareció un
bufido.
……
……
Cuando había empezado a contarme su historia parecía menos viejo: sólo era un hombre de edad avanzada, aunque por la vivacidad de su mirada podría habérsele calculado no más de medio siglo en este mundo.
Me había llamado desde el otro lado del camino y, como yo iba sin rumbo fijo, no tuve problema en acercarme y escucharle hablar de su vida…
Me pidió mantenerla en secreto y, fiel a
esa promesa, por extraño que parezca el hecho de que yo sea un sujeto de
palabra, me limito a contar lo que experimenté sentado allí, escuchando hablar
al Anciano.
Cuando hubo terminado, el Anciano era una sombra de lo que era cuando me senté a su lado. Pensé que iba a colapsar allí mismo. Se limitó a sacar de su abrigo un libro que, cuando quiso entregármelo y al reconocerlo yo, con la misma prontitud con la que lo reconocí, y sumada al rechazo que me produjo semejante tomo, me levanté de un salto. No sabía de dónde provenía tal sensación… sentía como si manara de allí un alto grado de toxicidad. Estuve pronto a irme cuando el Anciano me tomó con fuerza del brazo; parecía su último esfuerzo así que respeté su voluntad, por supuesto, no con menos recelo.
Retomé mi asiento y él empezó a
tranquilizarme. Lentamente separó las páginas del dichoso libro, y entonces lo
comprendí todo…
……
……
Cuando terminó con su historia, el Viejo había sacado el mismísimo libro que hace tantos cientos de años le fue otorgado a él… Poniéndolo en mis manos, vi cómo se iba quedando sin vida.
Al abrir aquél ejemplar de la biblia, éste se encontraba totalmente en blanco. Sólo en ese momento entendí todo.
Comprendí que había heredado el legado de aquél
pobre, marchito, maldito y viejo diablo.
