Speciei

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Además de lo fascinante que me resulta su comportamiento como material pictórico, me interesa la gran carga simbólica de la sangre, las diferentes y opuestas reflexiones y actitudes que se generan en torno a ella cuando ha abandonado el cuerpo que la contenía. Es así como su oscilación entre los conceptos de vida y muerte me ha llevado a convertirla en el catalizador de mis inquietudes vitales, y en la materia prima de mi trabajo, ya que la vierto en soportes como madera y lienzo, para crear una serie de obras que aludirán a diversas nociones cuyo factor común es aquello que nos hace o nos ha definido como seres humanos.

7.11.14

LEGADO



El Viejo escrutaba el vacío con sus clarísimos ojos verdes, parcialmente ocultos bajo dos pesados párpados, decorados encima por un par de tupidas cejas. No había frontera visible entre éstas y el nacimiento de su cabello, el cual caía como una cascada de polvo, enmarcando su rostro.
Entre tanto cabello y vello facial, pues su barba era otra larga catarata gris, se veía una curtida piel, con tantas irregularidades como el suelo donde estábamos sentados. Seguidamente me miró a mí por el rabillo del ojo, entreabrió los labios y suspiró. Más pareció un bufido.

……

Cuando había empezado a contarme su historia parecía menos viejo: sólo era un hombre de edad avanzada, aunque por la vivacidad de su mirada podría habérsele calculado no más de medio siglo en este mundo.

Me había llamado desde el otro lado del camino y, como yo iba sin rumbo fijo, no tuve problema en acercarme y escucharle hablar de su vida…
Me pidió mantenerla en secreto y, fiel a esa promesa, por extraño que parezca el hecho de que yo sea un sujeto de palabra, me limito a contar lo que experimenté sentado allí, escuchando hablar al Anciano.


Conforme las palabras salían de su boca, veía cómo se marcaban y remarcaban cada vez más sus arrugas; sus ojos iban perdiendo brillo, mas, no ese rigor con que observaban. Cuando él callaba, su mirada no lo hacía, sabía que quería revelar más de lo que paría su garganta.  Entonces fue cuando sus ideas, sus pensamientos, sus actos… todo lo sentía como propio. Vívidas imágenes venían a mi mente, me asustaba, era como si se tratara de mí mismo en otra vida, lejana y a la vez no tanto.

Cuando hubo terminado, el Anciano era una sombra de lo que era cuando me senté a su lado. Pensé que iba a colapsar allí mismo. Se limitó a sacar de su abrigo un libro que, cuando quiso entregármelo y al reconocerlo yo, con la misma prontitud con la que lo reconocí, y sumada al rechazo que me produjo semejante tomo, me levanté de un salto. No sabía de dónde provenía tal sensación… sentía como si manara de allí un alto grado de toxicidad. Estuve pronto a irme cuando el Anciano me tomó con fuerza del brazo; parecía su último esfuerzo así que respeté su voluntad, por supuesto, no con menos recelo.
Retomé mi asiento y él empezó a tranquilizarme. Lentamente separó las páginas del dichoso libro, y entonces lo comprendí todo…

……

Cuando terminó con su historia, el Viejo había sacado el mismísimo libro que hace tantos cientos de años le fue otorgado a él… Poniéndolo en mis manos, vi cómo se iba quedando sin vida.

Al abrir aquél ejemplar de la biblia, éste se encontraba totalmente en blanco. Sólo en ese momento entendí todo.
Comprendí que había heredado el legado de aquél pobre, marchito, maldito y viejo diablo.