Sobre ardiente fogón yace un corazón abierto. No es cualquier corazón,
es uno humano que estuvo mucho tiempo guardado, cubierto con sal marina y
yerbas amargas.
Como si no fuese lo suficientemente duro y,
por tanto, difícil de preparar, aquella desagradable mezcla estaba arruinando
lo poco que se podía rescatar del órgano. Hizo falta dejarlo reposar por muchos
meses, y luego cubrirlo en almíbar y otras mieles antes de poder ponerlo sobre
la parrilla. Y aún sobre ésta, no se sabe qué esperar: uno adivina que todo se
ha hecho bien, cuando el corazón comienza a latir sobre las pequeñas brasas, y
a medida que éstas crecen, empieza a abrirse con latidos más rápidos y
violentos.
Una vez abierto se ponen en su interior frutas
dulces y un poco de chile, se sirve con una copita de tequila y, más que servirlo,
se le da como un presente a ella:
La mujer que abrió tu corazón con una mirada,
con paciencia lo acunó y lo ha cubierto de tiernos besos y palabras; y lo ha colmado
de dulces sueños y ardientes fantasías… la que lo ha convertido en un Corazón a
la Ella.
