Speciei

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Además de lo fascinante que me resulta su comportamiento como material pictórico, me interesa la gran carga simbólica de la sangre, las diferentes y opuestas reflexiones y actitudes que se generan en torno a ella cuando ha abandonado el cuerpo que la contenía. Es así como su oscilación entre los conceptos de vida y muerte me ha llevado a convertirla en el catalizador de mis inquietudes vitales, y en la materia prima de mi trabajo, ya que la vierto en soportes como madera y lienzo, para crear una serie de obras que aludirán a diversas nociones cuyo factor común es aquello que nos hace o nos ha definido como seres humanos.

17.2.16

LA OTRA MADRE



Y allí está ella, de rodillas y con los ojos enrojecidos, llorando impotente por su hijo que se retuerce de dolor: en el día el sol le quema, y las aves rapaces picotean sus carnes para comprobar su estado. "Si grita aún no está listo". En las noches, el frío se cala por sus heridas abiertas, se siente como una segunda puñalada. Y todo el tiempo el escozor de sus llagas purulentas.
Otro picotazo, otro grito.
Pero nadie voltea a ver a su hijo, nadie se compadece de él aun ahora que lucha contra sus propias bocanadas de aire: no quiere dar la siguiente. Le pesa la existencia.
Nadie lo quiere mirar, y ella quiera creer que es por vergüenza, no entiende quienes son para condenar a unos y elogiar a otros. No comprenden que el peor castigo es para ella, que sabe que ha cometido errores con él, pero es su hijo y lo está perdiendo a trozos, un día a la vez. Pide piedad a la ley, y la ley la ignora.  
Ellos solo miran "al otro". Miran al loco, se entretienen con los aullidos que lanza al cielo y cuando abre la boca para repetir las mismas sandeces que ha dicho siempre.
Se divierten con un delirante estafador en sus últimas. Y él, ignorante de la muerte, distante de toda realidad, parece que se burlara a su vez del padecimiento de su hijo con cada palabra rota que sale de su boca.
El muy farsante, aún pagando por su crimen, continúa con sus mentiras, y ahí está la gente que lo escucha, pidiendo que le suelten. ¡A él!
De pronto, su hijo, con el espíritu corroído por el sol y los buitres, con su último aliento levanta la cabeza y con la voz quebradiza le dice algo al loco. A ella se le llenan los ojos de lágrimas, unas todavía más amargas. El loco, con su voz ronca le responde, y ella ve a su hijo dejar caer la cabeza para no volverla a levantar jamás.
Se ahoga en llanto. No quiere reconocer su desilusión.
"Y con Él crucificaron dos ladrones..." Uno de ellos asaltaba y mutilaba por pura diversión; el otro vendía "salvación". 
Y su ingenuo hijo Dimas se había dejado engañar.