Era un niño, la primera vez que vi a un carpintero;
emitía un sonido singular al golpetear la corteza de un árbol con su pico. No
podía dejar de mirarlo: su copete rojo, sus alas moteadas… su tamborileo; en
esa avecita todo era hipnótico.
Quise acercarme pero se percató de mi presencia y vi cómo
huía rápidamente zigzagueando por el cielo. Fue la última vez que vi a uno tan
cerca, hasta hace algunos años…
Seguía siendo un niño, al menos en algunos sentidos
ajenos a lo físico, cuando volví a ver a un pájaro carpintero:
Aunque ya conocía la muerte, nunca la había tenido tan
cerca, tan al alcance de mis dedos… El ave yacía inmóvil en una delgada cama de
pasto y, si no lo tomé con mis manos, fue porque no quise interrumpir el festín
que se estaban dando las hormigas con sus organitos. Ni qué decir de sus ojos.
Pero no quise irme tampoco, me tendí –a una distancia segura de las hormigas-, cerca del carpintero y me
quedé mirando a la gente que pasaba. Pocas, muy pocas, me notaban allí tirado;
suponía que eran las más despiertas.
Obviamente ninguna vio al pájaro, o le hizo igual caso
que a mí.
Había dejado de ser un niño ahora que, junto al cadáver
del pájaro carpintero, no sólo comprendía el absolutismo de la muerte, sino que
además la aceptaba… la abrazaba conforme se convertía, inexorablemente, en
parte de la vida. La más breve de sus etapas, si las hay, y aun así a más
temida por sus usuarios. Pero hay algo que fluye entre ambas, algo que me
revelaron las hormigas mientras hacían túneles dentro del tórax del ave: aunque
seca, podrida o en pequeñas burbujas, allí corrió sangre, el fluido vital que circula como un río por
nuestras venas y escapa de ellas a gotas, a borbotones o cataratas, un signo de
ambos estados, vivir y morir. La sangre se mueve y circula entre ellos y reúne
alrededor suyo, mitos y leyendas, supersticiones o agüeros, rituales, historias
que nos devuelven a nuestros orígenes, a recordar y/o reconocer a nuestros
ancestros. A nosotros mismos.
El pájaro carpintero, estaba claro que hace mucho dejó de
sangrar, y más de vivir, pero al menos ha corrido con la suerte o, tal vez, la
desgracia, de haber evadido la inexistencia.
Temporalmente.
