Speciei

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Además de lo fascinante que me resulta su comportamiento como material pictórico, me interesa la gran carga simbólica de la sangre, las diferentes y opuestas reflexiones y actitudes que se generan en torno a ella cuando ha abandonado el cuerpo que la contenía. Es así como su oscilación entre los conceptos de vida y muerte me ha llevado a convertirla en el catalizador de mis inquietudes vitales, y en la materia prima de mi trabajo, ya que la vierto en soportes como madera y lienzo, para crear una serie de obras que aludirán a diversas nociones cuyo factor común es aquello que nos hace o nos ha definido como seres humanos.

1.2.14

La leyenda de Lúdien


No hace más de unos 500 años en un pueblo sin nombre, en un lugar que según nuestra realidad no existe, vivía un pequeño hombre llamado Lúdien. Amante de la música, las historias largas narradas por ancianos milenarios y las galletas con crema de cereza. Galletas que sólo hacía su abuela, quien también le contaba las historias más largas de todas.

La música en cambio, le fascinaba pero no sabía cómo hacerla. Conocía juglares viajeros que siempre pasaban por su pueblo a descansar, tomarse un barril de hidromiel de una sola sentada y pagarle al posadero con una noche de historias, leyendas; sonidos de flautas y gaitas, tambores y guitarras, y aunque Lúdien trabajara como mesonero en la posada El Dragón Dormido, nunca consiguió que ningún juglar le enseñara a tocar:
“No tienes cara de buen estudiante”, decían unos.
“No puedo, tengo mucha prisa”, decían otros más.
El último al que le preguntó le dijo algo en otro idioma o en ninguno en absoluto y se marchó antes incluso de terminarse su barril de hidromiel.

Lúdien estaba decepcionado. Estaba acongojado. Estaba, como decía su abuela, con “desdenansias”, pues cuando se alteraba, Lúdien desdeñaba todo ofrecimiento de galletas con crema de cereza que le hacía su abuela y decía: “No tengo ansias”. Hablaba extraño cuando se enojaba.

Un día un violinista llegó al pueblo Sin Nombre. Llegó tocando su violín de manera rápida, intrépida y sin descansar, y tocaba tan alegremente que todo el pueblo se puso a bailar. Todos menos Lúdien. No, Lúdien oía al violinista desde su ventana. La música le invadía, le llenaba, le hacía olvidar su pesar. Pero algo pasó: el violín de repente dejó de sonar. Al parecer cuando todos bailaban en derredor del violinista, algún niño muy cabezón le dio un golpe de un salto con su enorme cabeza y el violín se estrelló en el suelo rompiéndose en cinco partes astilladas  e irreparables. Todos menos Lúdien se pusieron a llorar. Todos menos Lúdien se fueron a sus casas a lamentar que la música se había ido.

Lúdien no, porque él se acercó al violinista que estaba de rodillas ante su pobre instrumento. Levantó la vista y le vio allí, de pie, que le ofrecía un paquete. El violinista se levantó expectante y recibió el objeto. Al abrirlo, se sorprendió enormemente: ¡era un violín! Ligeramente más pequeño, hecho de una madera de tono verdusco y algunos arabescos decorativos. Tan pronto tomó el arco y empezó a tocar las primeras notas, todo el pueblo se asomó por puertas, ventanas y un par de tejados. El violinista tocó su canción y lo que del instrumento salía era un sonido precioso y dulce, más delicado que el del anterior violín pero de mayor envergadura y encanto.

El pueblo entero acudió al centro de la plaza y todos, incluso Lúdien, bailaron y giraron hasta que llegó la noche, en la que el recital continuó en la posada, donde el violinista le dijo: “Eres grande, pequeño Lúdien. ¿Cómo podré pagarte alguna vez lo que has hecho por mí?”
“Enséñame a tocar”, contestó él.

Y así fue, Lúdien ahora es un reconocido y adorado fabricante de instrumentos musicales. Compositor, también, de tales piezas que el pueblo danza o llora siempre que la música se escapa por la ventana del Taller de Lúdien, el primer Luthier.