No hace más de unos 500 años en un pueblo sin nombre, en un lugar que según nuestra realidad no existe, vivía un pequeño hombre llamado Lúdien. Amante de la música, las historias largas narradas por ancianos milenarios y las galletas con crema de cereza. Galletas que sólo hacía su abuela, quien también le contaba las historias más largas de todas.
“No tienes cara de buen estudiante”, decían unos.
“No puedo, tengo mucha prisa”, decían otros más.
El último al que le preguntó le dijo algo en otro idioma o en ninguno en absoluto y se marchó antes incluso de terminarse su barril de hidromiel.
Un día un
violinista llegó al pueblo Sin Nombre. Llegó tocando su violín de manera
rápida, intrépida y sin descansar, y tocaba tan alegremente que todo el pueblo
se puso a bailar. Todos menos Lúdien. No, Lúdien oía al violinista desde su
ventana. La música le invadía, le llenaba, le hacía olvidar su pesar. Pero algo
pasó: el violín de repente dejó de sonar. Al parecer cuando todos bailaban en
derredor del violinista, algún niño muy cabezón le dio un golpe de un salto con
su enorme cabeza y el violín se estrelló en el suelo rompiéndose en cinco
partes astilladas e irreparables. Todos
menos Lúdien se pusieron a llorar. Todos menos Lúdien se fueron a sus casas a
lamentar que la música se había ido.
Lúdien no, porque él se acercó al violinista que estaba de rodillas ante su pobre instrumento. Levantó la vista y le vio allí, de pie, que le ofrecía un paquete. El violinista se levantó expectante y recibió el objeto. Al abrirlo, se sorprendió enormemente: ¡era un violín! Ligeramente más pequeño, hecho de una madera de tono verdusco y algunos arabescos decorativos. Tan pronto tomó el arco y empezó a tocar las primeras notas, todo el pueblo se asomó por puertas, ventanas y un par de tejados. El violinista tocó su canción y lo que del instrumento salía era un sonido precioso y dulce, más delicado que el del anterior violín pero de mayor envergadura y encanto.
Lúdien no, porque él se acercó al violinista que estaba de rodillas ante su pobre instrumento. Levantó la vista y le vio allí, de pie, que le ofrecía un paquete. El violinista se levantó expectante y recibió el objeto. Al abrirlo, se sorprendió enormemente: ¡era un violín! Ligeramente más pequeño, hecho de una madera de tono verdusco y algunos arabescos decorativos. Tan pronto tomó el arco y empezó a tocar las primeras notas, todo el pueblo se asomó por puertas, ventanas y un par de tejados. El violinista tocó su canción y lo que del instrumento salía era un sonido precioso y dulce, más delicado que el del anterior violín pero de mayor envergadura y encanto.
El pueblo entero acudió al centro de la plaza y todos, incluso Lúdien, bailaron y giraron hasta que llegó la noche, en la que el recital continuó en la posada, donde el violinista le dijo: “Eres grande, pequeño Lúdien. ¿Cómo podré pagarte alguna vez lo que has hecho por mí?”
“Enséñame a tocar”, contestó él.
Y así fue, Lúdien ahora es un reconocido y adorado fabricante de instrumentos musicales. Compositor, también, de tales piezas que el pueblo danza o llora siempre que la música se escapa por la ventana del Taller de Lúdien, el primer Luthier.
